
El Mingo estaba mateando en su portón como cada tarde de
sábado mientras el sol se excusaba e iba cerrando sus ojos para encarar desde
temprano y fuerzas el día siguiente. Después de horas de cebado, su yerba seguía
sin lavarse. Siempre le admiré esa capacidad al Mingo. Cuando íbamos a lo de
Maxi, ninguno de nosotros era capaz de hacer durar el verde por más de tres o
cuatro mates. Lo tomábamos igual, obvio. Como herederos de una tradición
barrial sabíamos que tarde o temprano la cosa iba a mejorar y debíamos ponerle
empeño. Cuestión que el Mingo le daba a la bombilla hacía horas y había
cambiado la yerba dos o tres veces nomás. Nosotros seguíamos pateando como
endemoniados, a pesar de que la iluminación del estadio era a cada minuto más
tenue y la hora de la siesta ya había pasado hace mucho ¡Qué cosa la siesta! Las
horas más aburridas de todo el día. Que nuestros padres durmieran era lo de
menos, es nos hacía amos y señores de estas calles, el problema era no poder
explotar nuestra condición de patrones supremos en todo su esplendor porque ahí
caía el ejército de Margarita, la Clota, Berta y la vieja Antúnez. Asomaban y
pisaban nuestros suelos en clara muestra de supremacía y con gritos de guerra
capaces de apaciguar a los soldados espartanos. A veces hasta salían con armas
que creían de última generación para espantar a cualquiera de nosotros, con un
golpecito de esos palos de paja nos daban a entender que nuestras casas eran
nuestro próximo y más cercano destino. Así pasábamos nuestros días. A la mañana
los hermanos Baigorria iban a la escuela con todas las chicas más lindas del
barrio. Nos decían que nosotros íbamos a terminar pidiéndoles monedas cuando
ellos ya sean arquitectos o abogados. Siempre que nos jactábamos de haber
dormido una parva, ellos salían con ese cuento. Algunas tardes, cuando considerábamos
la calle como terreno del enemigo que no nos dejaría patear la pulpo, nos
contaban sobre todas las minas que se ligaban ahí. El Joaco soñaba todos los días
con poder ir sólo para encararse a cuanta hembra se le cruce por las pupilas. Además
estaba loco por la hija del Speranza que no podía evitar mirarla ni en los días
de más frío que estaba tapado hasta la nariz. Yo quería estudiar. A mí me
interesaba lo que aprendían ahí. Cuando escuchaba a los viejos de otros del
barrio que habían ido a la escuela, me sorprendía por su forma de hablar. Los
tipos manejaban otro idioma, otra jerga. Yo quería ir y que mi casa algún día
tenga tele en otro lugar que no sea el comedor. Papá decía que no podía, que no
teníamos un mango partido al medio y yo lo miraba atento. Lo entendía al pobre
viejo que se rompía el lomo de sol a sol y, salvo que la situación lo amerite
con creces, no me mandaba a laburar. No podíamos pagar los libros, materiales y
todas las chucherías y seguir comiendo. Igual siempre me convencí de que algún
día iba a despegar de la miseria, estudiar con las pibas más potentes del país
y pisarles la cabeza a los agrandados de los Baigorria.
El Mingo tomaba mate y nosotros pateábamos. Me encantaba
quedarme hasta tarde ahí porque papá se sentía orgulloso cuando llegaba y me veía
divirtiéndome. En parte porque lo tomaba como un logro personal y por otra
parte porque él siempre quiso jugar profesionalmente pero sólo llegó a la 4° de
Sportivo Hermandad. Esa fue la última tarde que nos vio felices gritando goles
y autodenominándonos “Mario Alberto Kempes”. Algo me dice hoy en día que el
Mingo sabía lo que iba a pasar. Su mirada sigilosa y cansada no sufrió
espamento cuando todo sucedió. Por esas horas ya no era fácil reconocer la
bocha y hacer caños era más fácil que hacer un gol. En lo que fue la última
jugada de un partidazo de ida y vuelta, Mauricio corrió por izquierda dejando
las piernas cansadas del Pitu muy atrás (siempre fue un pecho frío), enganchó y
tocó al medio para Maxi que siempre pensaba la jugada antes que nadie y abrió
para la entrada de Roque que metió un derechazo épico y se despachó con un
grito de gol que nos convenció a todos de que esa pelota se había colgado del ángulo
superior izquierdo en lo que sería el gol más recordado en la historia de la
cuadra. No sabía igual que el gol realmente no iba a pasar desapercibido.
El auto color verde frenó enseguida pero con parsimonia. Como
quien sabe que domina la situación; sabiéndose ganador más allá de ser nosotros
los que vivíamos corriendo en esas calles. Alto, de pelo y bigote morochos,
ojos abiertos y debo decir que muy acicalado. Se bajó con la misma parsimonia
con la que el auto se detuvo. Con ojos saltones, Roque intentaba entender lo
que había pasado. Tuvo que descender de su momento de gloria más grande para
observar el faro roto del auto. De tan fuerte que había gritado el sátrapa,
nadie escuchó el estallido, la lluvia de cristales que bañaba nuestro verde césped
de cemento negro. Nosotros estábamos petrificados, había sido muy confuso cómo
la situación pasó de la euforia de un gol a lo Chango Cárdenas a aguardar expectantes
el desenlace de algo que no pintaba bien. Del Chango Cárdenas pasamos a la
previa del partido con Perú en el ’78 cuando estábamos ya prácticamente
sonados. El tipo se fue acercando de a poco al Roque para frenar su marcha y
encararlo.
- ¡Qué golazo nene eh! –
le dijo con tono algo irónico.
- … Perdón, señor –
titubeó y respondió nervioso, más traspirado por el temor que por su heroica
corrida al gol.
- Por el grito
desaforado y tu cara de miedo supongo que vos fuiste el gran goleador – el tipo
continuaba hablando lento y claro.
- No sé qué es
desaforado, señor – respondió ya con lágrimas en los ojos Roque.
- No importa nene ¿Tenés
algo que hacer ahora?
- Tengo que ir a mi, a mi, a mi casa, señor. Ya está
anocheciendo.
- Claro. Con tan poca
luz no podés ver dónde pateás. Subite, pibe, yo te llevo.
- Gracias, señor. Pe,
pe, pero vivo acá cerca – Roque estaba en su peor momento.
- Subí, vas a llegar antes
a donde tenés que ir.
En medio del cagazo que tenía el Roque, ni nos miró ni
cuando se dirigía al auto, ni cuando subió. El Mingo ya no estaba. Se dio a la
fuga no bien vio el auto. Nosotros no entendíamos nada de lo que estaba
pasando, era todo demasiado confuso. No sabíamos que ese era el último día que
jugaríamos en esa vereda. No sabíamos que ese era el último día que veríamos al
Roque luego de su gol y su grito triunfal. Nada de eso sabíamos cuando el
Falcon arrancó y se perdió en la lejanía.
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